PANDEMIA MUNDIAL (Día 14)
Es difícil saber lo que está ocurriendo en el mundo mientras todos estamos encerrados en casa. Es difícil saber, incluso, qué está ocurriendo en nuestra propia casa. En nuestra cabeza. Esto, es una realidad completamente nueva para todos y seguramente yo no sea quién para decir nada, pero inevitablemente, todos tenemos algo que decir.
Todos estamos pensando. Seguro. No digo que antes no lo hiciéramos, pero ahora lo hacemos de manera diferente, porque todo es diferente.
Estamos confinados en nuestra casa, quienes la tenemos. Confinados con nuestras parejas (gracias), o con nuestras familias. Con nuestros amigos. Con nuestros verdugos, o nuestras, que también las hay. Nunca habíamos tenido tanto tiempo para pensar y, aunque haya quienes se esfuercen por no hacerlo, estoy casi segura de que no lo van a conseguir. Pensar es algo implícito en el ser humano, aunque cada uno lo haga a su manera. Aunque cada pensamiento dependa de nuestros aprendizajes. De nuestras improntas. De nuestras vivencias. Algunos podemos estar de acuerdo en determinadas cosas, pero cada quien ha llegado a esas conclusiones por un camino diferente. Todos somos diferentes.
Yo me asomo a la ventana de la cocina y veo a la anciana del primer piso del edificio de enfrente, que por edad seguramente viviera la guerra y la posguerra, ponerles un puñadito de arroz a las palomas por la mañana, y otro por la tarde, y siento una ternura infinita. La vecina del tercero del bloque de al lado del de esta señora, sin embargo, siente repulsión y aplaude para que las palomas se alejen de la fachada. De la ventana de esa mujer de piel arrugada y sonrisa cansada que se pasa el día con un libro sobre las piernas, leyendo en el sofá, al lado del que supongo será su marido, aún más anciano que ella, y que se asoma al mundo exterior dos veces al día, durante los cinco minutos que a las palomas les dura el arroz, para verlas comer tras el cristal.
Llevaba sin escribir meses y la verdad es que aún haciéndolo, como ahora, pienso que para qué. Que a quién le va a importar nada de lo que tenga que decir. Pues bien, en este momento , me importa a mí, me sirve q mí y no pasa nada por reconocerlo. En nuestro encierro podemos ser un poco egoístas. Tenemos que ser un poco egoístas para poder permanecer en él sin perder la cordura. Llevamos dos semanas, algunos más y todo apunta a que quedan al menos otras dos o tres por delante, parece una tontería, ¡volvernos locos por estar en casa! pero puede suceder, yo ya lo tengo asumido. Habrá personas que descubran que no se soportan a sí mismas. Quizá ya les ocurriera antes del encierro, pero el ruido del mundo era muy poderoso y hacerse los sordos era mucho más fácil que mandarse callar. Puedes no soportarte, pero tienes que asumirlo para poder cambiarlo. Habrá personas que de repente se acuerden de algo que sucedió hace mucho tiempo, pues el tiempo nos ha sido devuelto, y se queden ahí atascadas. En el pasado del tiempo presente que se está deteniendo. Habrá quienes descubran que no conocían a quienes les acompañan. Que son desconocidos a su vez para ellos. La capacidad que nos da el tiempo para camuflar sentimientos está desapareciendo. Nadie puede fingir todo el rato. Nadie se puede engañar todo el rato, de una u otra forma, todos nos ocultamos cosas sobre nosotros y sería una lástima no aprovechar este momento para descubrirnos, para descubrirnos ante quienes están con nosotros y asumirnos.
En estos momentos habrá quienes estén pensando que es muy bonito decirlo, sobre todo si están compartiendo esta cuarentena con niños, pero que no tienen tiempo para parar ni un momento. Que el único rato que tienen de tranquilidad es el rato que pasan sentados en el baño por la mañana o en la ducha de por la noche ¡y ni siquiera eso! Lo siento, porque como decía antes, quizá no sea quien para opinar de nada pero, ¿Qué pasa si un día las camas se quedan sin hacer? ¿El suelo sin barrer? ¿El baño sin fregar? ¿Los platos en la pila? ¿La lavadora sin poner? ¿Qué pasa si hoy decides no planchar? ¿Si haces un arroz cocido para comer? ¿Si los niños no hacen la tarea a las 10 y la hacen a las 12? ¿Si no los bañas? ¿Si dejas revuelto lo que van a volver a revolver?
Decía en un párrafo anterior, que nunca antes habíamos tenido tanto tiempo para pensar y qué, aunque seguramente habrá quienes se empeñen en no hacerlo, no creo que lo consigan. A día de hoy, estoy convencida, aunque quizá sea producto de la esperanza que siento ante esta posibilidad, porque por muy ocupados que necesitemos estar para no asumir que no sabemos qué nos pasa, va a llegar un día en el que el cansancio físico y mental será insoportable y sí o sí, necesitaremos detenernos a llorar, a gritar o patalear. Llegará el día en que necesitemos parar para escuchar las voces que nos gritan desde dentro suplicando que aprendamos a ser. Que aprendamos a soltar. Que las creamos cuando nos dicen que sabemos que tienen razón. Que quizá deberíamos tomar esa decisión que llevamos posponiendo e ignorando tanto tiempo. Que puede suceder que no pase nada si un día decidimos no servir a los demás o no servirnos ni a nosotros. Suplican que asumamos que nos merecen más por quienes somos que por lo que hacemos. Gritan que nos valoremos más allá de lo que creemos que los demás esperan de nosotros. Que te valores por ti. Por lo que esperas tú. Pero es doloroso escucharlas y sencillo acallarlas mientras gritamos a los demás, aunque los gritemos por dentro cuando se dan la vuelta, porque en la paz, a veces también existe la guerra. Queremos permanecer a salvo de lo que sentimos por nosotros mismos, aunque no saberlo nos quite el sueño o se apodere de él, es normal, siempre nos han enseñado a no llorar cuando necesitábamos hacerlo, a no preguntar cuando teníamos dudas, a no hablar cuando hablaban los mayores. A que los niños no tienen nada que decir. A no hablar mientras estás comiendo y no comer mientras estás hablando. A dar besos obligados a personas que no conocemos. Nos han enseñado que los buenos van al cielo y los malos al infierno. A no reírnos de nadie, ni siquiera de nosotros, pero a aguantarte si otro se reía de ti.
Vivimos con las emociones condicionadas en función de cómo nos han educado y no todas las personas son capaces de saltarse los parámetros de las líneas establecidas por la sociedad y su "¡qué van a pensar!". De alguna manera siento impotencia porque es como si todos tuviéramos que saber cómo actuar en medio de una pandemia mundial, qué sentir y cómo, pero ¿quién coño había vivido una pandemia mundial?
Adriana Marquina
Vivimos con las emociones condicionadas en función de cómo nos han educado y no todas las personas son capaces de saltarse los parámetros de las líneas establecidas por la sociedad y su "¡qué van a pensar!". De alguna manera siento impotencia porque es como si todos tuviéramos que saber cómo actuar en medio de una pandemia mundial, qué sentir y cómo, pero ¿quién coño había vivido una pandemia mundial?
Adriana Marquina
Comentarios
Publicar un comentario