TODO MAL (Día 13)
Llevamos muchas semanas recibiendo información sobre el coronavirus. Los afectados, los infectados, los muertos y los que están por venir. Semanas con cientos de informaciones que nos llegan desde diferentes fuentes y he de decir que admiro a quienes tienen tan claro lo que se debería haber hecho o lo que se debería estar haciendo, porque yo, no tengo ni idea.
Hubiera dado lo mismo cuando nos hubieran recomendado tener cuidado, cuando hubieran decidido cerrar los colegios, decretar la cuarentena, el estado de alarma. Hubiera dado igual porque hubiera sido en el momento que hubiera sido, habría estado mal. Nos llega muchísima información de lo que han estado haciendo los países que se vieron afectados y en todos los casos parece que ninguno está aprendiendo nada del anterior. Es curioso ver cómo a medida que aumentan los casos en un país y este comienza a destacar, pasan a un segundo plano los demás. Saber que hay quienes lo están gestionando peor que nosotros nos consuela de alguna manera, pero evidentemente, eso no significa que lo que se está haciendo, no pudiera estar haciéndose mejor.
Es una cuestión de prioridades y si algo está quedando claro es que todos tenemos ordenada la escalera de las nuestras de manera diferente. Por suerte, o por desgracia, la sociedad en la que vivimos nos permite dejar determinadas decisiones en las manos de “x” personas. Les damos el poder teniendo en cuenta cuanto se acercan a lo que nosotros esperamos del mundo, pero ninguno esperaba que el mundo se tambalease de esta manera, los que lo dominan tampoco, y es normal que estemos enfadados.
Nos parece todo mal. O esa es la información que más se mueve. Si alguien hace una donación, automáticamente se le piden responsabilidades a otros "alguienes" sin tener en cuenta al ser individual. Hay quienes se preguntan, quién es quién para ordenar que nos quedemos en casa, imaginaros que además nos pidieran que donásemos nuestro dinero. ¿Quien somos para decirle a nadie como debería calmar su conciencia? Pero no es solo esto lo que nos parece mal. Quién apoya a la derecha está en contra de quienes apoyan a la izquierda y ambos se meten con quienes quieren esperar a que termine la película para valorar a los actores principales. Quienes aman la información escabrosa, critican a los que la intentan suavizar, y al revés. Los que intentan ayudar, no entienden a quienes no ayudan, y al revés. Los hipocondríacos, quizá sin saberlo, asustan a quienes están tranquilos y los tranquilos intentan calmar a los hipocondríacos. Hay quienes bromean y quienes no entienden que alguien se esté tomando esto a broma. Los que no tienen perro critican a los que sí. Los políticos se meten con todos y todos nos metemos con los políticos. En definitiva, todas las personas que solemos opinar, opinamos, porque el mundo se está tambaleando y nos enfada no saber qué es lo que va a suceder después.
Todos sentimos que las cosas podrían estar haciéndose mejor porque todos estamos inquietos. Queramos o no, el simple hecho de tener que ir a comprar ya nos pone alerta. Bajamos a la calle como si no pasase nada, pero es que en realidad, sí pasa. Bajar y no escuchar el murmullo habitual de la ciudad, sobre todo si ya ha anochecido, es sobrecogedor, porque sabes que detrás de las ventanas que antes suponías vacías, ahora hay personas y esas personas te miran a ti que caminas completamente solo igual que tú miras a quienes caminan completamente solos por debajo de tu casa. Muchos hemos sentido la necesidad de gritar por la ventana “Vete a casa” y a la vez hemos pensado “por favor que no me lo griten a mí”, quizá porque en parte nos sintamos culpables por estar donde se supone no deberíamos estar, aunque no estemos haciendo nada malo, aunque sea una salida “permitida”.
La pandemia va a dar para mucho, pero al final será lo que hicimos nosotros al respecto lo único que importe. Nosotros para con nosotros mismos, quiero decir. No importa con quién estemos de acuerdo o con quién no, importa cómo nos afecta no comprender cómo puede haber quienes no nos comprendan. No podemos controlar que otros hagan lo que nosotros queremos que hagan, lo que queremos que digan, lo que queremos que lean, lo que queremos que escuchen, que vean, que sientan, pero si podemos pararnos a pensar qué queremos hacer, decir, leer, escuchar, ver o sentir nosotros y aceptar que no siempre estaremos de acuerdo. Cambiamos de opinión según vamos procesando lo que sucede a nuestro alrededor y no sería descabellado pensar que ahora cambiamos de opinión atendiendo a nuestra necesidad de supervivencia. Estamos frustrados, no entendemos nada y lo que entendemos no es precisamente alentador. Vemos la aparente calma del mundo, la sentimos en nuestros barrios, la respiramos desde nuestras ventanas, sin embargo, lo que ayer era blanco hoy es negro y el amarillo, azul y el azul, rojo, para ser mañana gris, verde o morado y eso es difícil de gestionar.
Todo nos parece mal porque el tiempo, tal y como lo conocíamos, ya no existe. El tiempo por el que estamos pasando ahora, no se parece en nada al de hace unas semanas. En nada al tiempo de mañana. La labor que se nos ha encomendado, la que el primer día parecía sencilla, la de “quedarnos en casa” ya no es tan idílica. Supongo que todo espacio se hace pequeño cuando sabes que no puedes salir de él. El miedo juega con nosotros y hemos pasado de opinar de la desgracia de los demás a hacerlo de la nuestra sin darnos apenas cuenta. Estamos confinados con nuestras preocupaciones, con nuestros agobios, con nuestros problemas, con nuestros sueños paralizados y con lo que cargan quienes nos rodean, estén cerca o no. Estamos siendo conscientes ahora de la fragilidad de lo que creíamos estable. El miedo no gestionado tiñe todo de negro y en ese momento la responsabilidad que los demás han asumido, se vuelve insuficiente ante la que sentimos haber asumido nosotros. Por eso estamos enfadados. Por eso todo nos parece mal.
Adriana Marquina
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