LA CASA DEL TERROR (Día 19)

Hoy el sol, se esconde tras las densas nubes y se niega a salir. No es que el día esté gris, es que el día casi no está. No se ha despertado. No puede con la realidad que nos confina. Todos tenemos algún día así.

Los edificios están ahora llenos de nuestra vida. Ya no esperan a que regresemos, ahora lo que esperan, es que no nos vayamos.

Me asomo a la ventana del salón y me imagino a las personas que habitan tras las fachadas que alcanzo a ver. Siento envidia de las terrazas. Del jardín de mi vecino de abajo. ¿Quién iba a esperar que en el medio de la manzana él tuviera ese espacio? Llamó mi atención cuando me mudé aquí hace ya algo más de dos años, pero ahora lo hace aún más. Por el poco provecho que a mi parecer le saca. Por lo invisible que se siente estando a la vista de todos. Siento envidia de todo aquel que tenga un espacio al aire libre sin tener que incumplir la cuarentena que se nos ha impuesto y a la vez siento el privilegio de poder tener una ventana tras la que resguardarme el último día de este extraño marzo. De tener una ventana tras la que resguardarme mañana cuando empiece abril.

Pasan los días y no tengo claro si la incredulidad me sobrepasa o si sobrepaso mi incredulidad. Las líneas se empiezan a cruzar. Estoy cansada sin hacer nada. Mi cuerpo está agotado sin apenas moverse. Quizá sea precisamente por eso. Por permanecer inmóvil ante la incertidumbre. El espacio va cambiando. El pasillo parece más corto. La habitación más pequeña. El piso más inclinado. Alguno de los tres vecinos que hay por debajo debió tirar parte de uno de los muros de carga y se me comba el pasillo. Lo noto en la entrada. En las grietas que silenciosas van abriéndose paso al lado del marco de la puerta de la habitación. En la esquina del salón. Cuando vomita alguno de mis dos perros.

Incrédula. Así es como me siento esta mañana. Por eso me he puesto a escribir. Para ver si en las palabras encontraba algo de verdad. Alguna verdad absoluta que me sirva para comprender que esto está pasando, aunque parezca que no está pasando nada. Siento como si al levantarme me hubiera subido sin querer a una montaña rusa de la que no conozco el recorrido. Me encantan las montañas rusas, pero solo si me subo a ellas de manera consciente y voluntaria. Sentir la presión de los amarres en los hombros. En la cadera. Ver los rieles que delimitan el recorrido. No saber si voy a soportar el acelerón en el pecho. Las curvas en la garganta. El looping en el estómago. La vida, en la caída libre. Me gusta jugar con mi vida cuando la vida está a salvo.

Me siento incrédula. Como si esto fuera una función de teatro llena de voluntarios que no saben lo que tienen que hacer. Que deambulan por el escenario esperando a que les den una señal en la que pararse a interpretar su papel.

Tengo un nudo en la garganta que amenaza con dejarme muda. Quiero agarrarme al acolchado cierre que me sujeta los hombros y gritar hasta perder la voz, pero la atracción no arranca. Nos piden que no nos preocupemos, que esperemos porque están mirando qué sucede. Pero la montaña rusa ya no es atractiva. Solo deseas montarte cuando la ves funcionando. Cuando te vas a acercando a ella y el aire de los vagones al pasar a toda velocidad te hace acelerar el paso y deseas que no haya mucha cola. Esperar nos hace pensar. Esperemos donde estemos esperando. Nadie quiere montarse en una montaña rusa que está parada. Que se ha parado en la vuelta anterior. Diez vueltas antes…¡ Mucha gente tiene que haber delante para que tú sigas esperando cuando no se sabe si se ha roto la atracción o ha pasado algo peor!  No se mueve. Nos han dejado atados a ella y se han ido. Informan sobre lo que se acontece en el resto de sectores pero ya no nos importa. Solo era importante antes, cuando nosotros aún podíamos disfrutar. Nos han dejado atados y han cerrado el parque hasta nuevo aviso.

No hay playas.
No hay montañas.
No hay pueblos.
No hay teatro.
No hay cine.
No hay museos.
No hay bares.
No hay restaurantes.
No hay tapeo.
No hay bibliotecas.
No hay colegios.
Por no haber, ya no hay ni médicos.

Nos sentimos desdichados. Hemos pagado nuestra entrada y lo queremos todo. Pataleamos en nuestros asientos y lloramos como niños argumentando inútilmente que, en realidad, no queríamos subir. La misma pelea interna que mientras esperábamos, pero al revés. Siempre queremos estar donde estábamos antes, sí el antes era más seguro, aunque sepamos de sobra que siempre, siempre, siempre, terminamos acostumbrándonos al después. Nunca existe otro remedio, hasta cuando lo hay. El tiempo siempre tiene un después al que acudir. Igual que tiene un pasado en el que refugiarse.

Estamos esperando a que vengan los técnicos, que desde arriba parecen no hacer nada bien, a decirnos que ya podemos bajar. Observando cómo van soltando de uno en uno los vagones que se han quedado a media caída. Intentando asimilar que esa es la única manera de hacerlo mientras esperamos que los cambios que van haciendo a medida que descarrilan, sean ya definitivos cuando nos toque a nosotros terminar el recorrido.

Por eso gritamos. Por si nos caemos, que no por los caídos. Nosotros seguimos teniéndolo todo, pero nos asusta la idea de quedarnos sin nombre si caemos al abismo injusto.

El parque de atracciones se ha reducido a la atracción principal. Esa ante la que todos somos tan valientes. O hemos intentado serlo alguna vez. La casa del terror. Ahí estamos amarrados. A nuestro miedo colectivo y hoy yo, me siento incrédula.

Hay familias y las playas, seguirán estando.
Hay diálogo y las montañas, seguirán estando.
Hay historia y los pueblos, seguirán estando.
Hay cultura y los teatros, seguirán estando.
Hay amor y los cines, seguirán estando.
Hay arte y los museos, seguirán estando.
Hay amistad y los bares, seguirán estando.
Hay compromiso y los restaurantes, seguirán estando.
Hay diversión y el tapeo, seguirá estando.
Hay curiosidad y las bibliotecas, seguirán estando.
Hay respeto y los colegios, seguirán estando.
Por haber, hay hasta ángeles de la guarda, pero los médicos, seguirán estando.

Adriana Marquina

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